- ¿Qué es la noche, abuela?
- Es una doncella de dulce mirada, vestida de ébano, descalza y cansada. Es negra y es bella. Es sabia y callada...

Excilia Saldaña

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Antes que salga el sol


     Un poco tarde, o un poco temprano. A las tres de la mañana nunca se sabe. Lo cierto es que el cuerpo te avisa. Tus ojos se abren cual si sonara una alarma. Miras a tu alrededor y consigues verlo todo con una claridad increíble, aun en medio de la oscuridad que reina en la habitación. Estiras las manos y las piernas, a la vez que recuerdas todas las cosas que debes hacer en el día que recién comienza. Luego revisas el celular y hay un mensaje parpadeante. Alguien pensó en ti entre las doce y las tres de la madrugada. Te abraza la curiosidad, la esperanza y la impaciencia. Piensas si habrá sido "esa persona". De inmediato, piensas que mejor no. En la próxima respiración  te tragas las emociones y abres el texto. Lo lees y sonríes. Ya no importa quien fue o lo que dijo. A las tres de la mañana es mejor no contestar.
      Das una vuelta en la cama y examinas la almohada, su lado más frío, su esquina más cómoda... Luego, la pesquisa pasa al edredón, si tapa los pies, si es suficiente o innecesario... La última interrogada es la temperatura del cuarto. ¿Acaso hay mucho frío? ¿De casualidad mucho calor?... Entonces, como todos los implicados externos pasan la prueba, la investigación se traslada de escenario. Mentalmente te cuestionas: ¿Estaba teniendo una pesadilla? ¿O simplemente recordando? ¿Me siento triste? ¿Acaso más de lo acostumbrado?... Pero las respuestas siguen siendo las correctas. Tu mente ha contestado cual estudiante talento y tú sigues allí, queriendo saber por qué has despertado.
      Dan las cuatro y te rindes. Recuerdas que pronto tendrás que levantarte y aprietas los ojos con fuerza. Tienes que dormir. Lo necesitas. Sin embargo, tus sentidos están agudizados. Percibes un resplandor lejano y el tic tac del reloj. Recuerdas otros tiempos, otros viajes, otras noches de insomnio y cuando todo comenzó. Imágenes vienen y van, pero tú no te implicas. Quien se despierta a las tres de la mañana está, prácticamente, en meditación.
     Un rato después, finalmente lo decides. Pensar a esa hora no es una buena opción. Mejor tomar café, prender un cigarrillo o mirar por el balcón... Pero ni siquiera fumas, no tienes cafetera, ni vista al exterior. No obstante, te levantas, pones un poco de música y recoges los regueros de la noche anterior. Sonríes porque sabes que esas cosas pasan. Son cosas que suceden a las tres de la mañana, cuando te has despertado antes que salga el sol.

martes, 1 de julio de 2014

Amaneciendo


Y  sucedió un día que la Bella Durmiente despertó… pero no,  esta  vez no fue por un beso, no fue por amor. Fue simplemente una pesadilla, un aparente mal sueño  que la hizo abrir los ojos  a plena luz del día. Miró a su lado y el reloj de arena hacía mucho que había terminado su continuo descenso. ¿Cuánto había dormido? ¿Qué hora  era?  ¿En qué día estaba?... Todo se preguntaba y nada podía contestar. Había estado mucho tiempo esperando por el amor. Muchos días se habían confundido con noches mientras el príncipe azul no aparecía.

La princesa dio gracias por ser inmortal y no envejecer. De lo contrario, hubiera muerto a la espera de ese hombre ideal. Esperar… esperar…  esperar es una palabra horrible en el vocabulario de una princesa. Esperar por crecer, esperar  porque la consideren princesa, esperar por el príncipe, esperar por ser reina, esperar por los hijos, esperar por morir, esperar, esperar…

Y mientras estuvo dormida la espera se hizo fácil; pero ahora estaba despierta. Y pensaba. Y agradecía al sol por haberla iluminado; pero a la vez sentía unos inmensos deseos de regresar a su estado anterior, a esa dulce muerte en la que había estado sumida durante tanto tiempo. Y es que pensar era un castigo. Esa vocecita interna que, de tanto tenerla apagada, no la reconocía como suya, la estaba volviendo loca. Era como un susurro, pero molestaba con su constante: ¿Qué haces aquí? ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Qué ha sido del mundo? Trataba de callarla; pero no podía porque eran sus propias preguntas, sus propias preocupaciones.

Ya estaba anocheciendo y aún no había salido de su cuarto. Ahora era consciente del tiempo y cada minuto pesaba en su cuerpo. Se miró al espejo y se percató de que aún era hermosa, pero estaba envejeciendo. Desde que, de un salto, abandonó  su cama, cada instante dejaba huella en su rostro. Pensaba. Ya no era de plástico y, por tanto, la inmortalidad ya no la acompañaba. Ahora tenía los segundos contados.

Lentamente abrió la puerta y comenzó a deslizarse por la empinada escalera de caracol. Era segura, fácil de transitar. Una suave penumbra la envolvía,  había telas de araña, algunos ratones, pero nada más. No eran grandes peligros. Solo pequeños obstáculos que hasta una princesa medieval podía superar. Finalmente, llegó el último escalón. Allí estaba, frente a otra puerta. La puerta que la conduciría a ese mundo desconocido, ancestral y nuevo a la vez. Su corazón palpitó de miedo y emoción. Era de noche – recordó-  y en la noche los peligros  pasan desapercibidos más fácilmente. Tal vez debía volver al cuarto.

Con esta idea en su cabeza, ya se disponía a dar vuelta atrás. Entonces, la vocecilla que alguna vez fue  tímida comenzó a gritar desesperadamente: “¡¡¡Cobarde!!! ¡¡¡No des un paso atras!!! Llevas doscientos años esperando por un rescate que no llega, doscientos años  inmóvil… doscientos años de muerte… porque la inmortalidad es eso… la muerte… ¡¡¡¿¿Acaso no te parece suficiente??!!!”

La puerta se abrió y la luz de la Luna llena capturó su mirada. Afuera era oscuro, pero ya el miedo se había ido. Esta noche no era diferente a la impuesta por sus ojos mientras estuvieron cerrados. Esta noche le decía que los tiempos no habían cambiado, que solo las personas creían eso, pero que todo permanecía igual en todas las épocas. Esta noche le decía q aún habían princesas en los brazos de Morfeo. Esta noche le decía q algunas habían despertado; pero por miedo aún permanecían en sus torres, envejeciendo. Esta noche le decía que muchas princesas morían diariamente cuando, al despertar, encontraban a un sapo verde frente a sus ojos. Esta noche le decía que muchas princesas, después de salir de sus torres montadas en nobles corceles, fueron llevadas a reinos desconocidos y convertidas en sirvientas de aquellos que les  juraron amor eterno. Esta noche le decía que los príncipes también tienen sus torres. Esta noche le decía que un príncipe verdadero no rescata a una princesa, porque no tiene fuerza superior a ella, sino que, simplemente, se encuentran una vez que los dos han logrado vencer a sus propios dragones internos y han salido a caminar. Esta noche le decía que una princesa y un príncipe verdadero no se jurarían nunca amor eterno, porque ya han caminado solos y han aprendido que solo se es el príncipe de una princesa por el espacio de tiempo que dura leer la historia. Esta noche le decía que ella no era una princesa porque tuviera una corona, un vestido largo y usara zapatos de charol. Esta noche le decía q ella era una princesa porque se salvaba a sí misma, porque estaba dando los primeros pasos en gobernar su propio destino, no importaba si aparecía un caballero, un sapo, o un ogro. Ella era una princesa y decidiría…

Ya la Bella Despierta había caminado mucho. Su castillo era un punto apenas perceptible en la lejanía. No sabía a dónde iba, pero estaba feliz. Era libre. Poco a poco, estaba amaneciendo…

viernes, 13 de junio de 2014

La espera

Una noche oscura de mayo y, yo, parado en mi puerta. 
Me he asomado tantas veces que ya he perdido la cuenta.
Sin embargo, a  pesar de mi dolor, a pesar de tanta espera, 
a pesar de la nostalgia, ella aún no llega. 

El aire húmedo en mi cara no refresca mis ideas. 
Las personas, en sus casas, recuerdan viejas promesas. 
Parece que son felices. 
Pensaríase que a nadie esperan.  

Cruzo la calle, doblo en la esquina y busco algunas monedas. 
Me acerco al teléfono público y coloco las pesetas.
Mis dedos  tiemblan al marcar su número… 
Ring, Ring… nada… Contesta la abuela:

-  Aló!

-  Sí, buenas noches  - mi voz suena a galán de novela-
Buenas noches. ¿Quién me habla?
Es el novio de su nieta…
Ay mijito, ¡qué susto me has dado! Ella salió para tu casa… Ya mismo llega…
-  Gracias señora, gracias – y mi voz suena satisfecha…

Camino de regreso 
y, al pararme otra vez frente a la puerta,
ya no recuerdo sus palabras. 
¿Qué dijo la anciana aquella?

Mi mirada se pierde, entonces, en la oscura callejuela.
De vez en cuando, asoma una luz
que se convierte en automóvil, camión o motocicleta. 
Toda clase de figura amorfa... pero nunca ella. 

Mi corazón, a cada instante, se acelera;
mas yo experimento un vacío cargando toda esta pena.
El mismo vacío que siente un preso 
cuando, finalmente, espera por su sentencia. 

Luego examino mi memoria y los recuerdos 
traen rostros de indiferencia.
Traen otra noche fría de mayo,
traen un “ya no te quiero igual”, un “ya no vuelvas”…

Increpo entonces al corazón; pero él se encuentra gozoso. 
Él se cree en una fiesta. 
Escucho su  palpitar y es como si me dijera:
-         Solo date la espalda. Solo abre esa puerta.

Me abalanzo y lo hago.
Entro a casa y la iluminación  corre por mis venas.
Mi familia gritando, mis amigos sonriendo, 
mi perro me pasa su lengua…  
Sonrío, bromeo, disfruto… 
Entonces, finalmente, llega ella.