
Un poco tarde, o un poco temprano. A las tres de la mañana nunca se sabe. Lo cierto es que el cuerpo te avisa. Tus ojos se abren cual si sonara una alarma. Miras a tu alrededor y consigues verlo todo con una claridad increíble, aun en medio de la oscuridad que reina en la habitación. Estiras las manos y las piernas, a la vez que recuerdas todas las cosas que debes hacer en el día que recién comienza. Luego revisas el celular y hay un mensaje parpadeante. Alguien pensó en ti entre las doce y las tres de la madrugada. Te abraza la curiosidad, la esperanza y la impaciencia. Piensas si habrá sido "esa persona". De inmediato, piensas que mejor no. En la próxima respiración te tragas las emociones y abres el texto. Lo lees y sonríes. Ya no importa quien fue o lo que dijo. A las tres de la mañana es mejor no contestar.
Das una vuelta en la cama y examinas la almohada, su lado más frío, su esquina más cómoda... Luego, la pesquisa pasa al edredón, si tapa los pies, si es suficiente o innecesario... La última interrogada es la temperatura del cuarto. ¿Acaso hay mucho frío? ¿De casualidad mucho calor?... Entonces, como todos los implicados externos pasan la prueba, la investigación se traslada de escenario. Mentalmente te cuestionas: ¿Estaba teniendo una pesadilla? ¿O simplemente recordando? ¿Me siento triste? ¿Acaso más de lo acostumbrado?... Pero las respuestas siguen siendo las correctas. Tu mente ha contestado cual estudiante talento y tú sigues allí, queriendo saber por qué has despertado.
Dan las cuatro y te rindes. Recuerdas que pronto tendrás que levantarte y aprietas los ojos con fuerza. Tienes que dormir. Lo necesitas. Sin embargo, tus sentidos están agudizados. Percibes un resplandor lejano y el tic tac del reloj. Recuerdas otros tiempos, otros viajes, otras noches de insomnio y cuando todo comenzó. Imágenes vienen y van, pero tú no te implicas. Quien se despierta a las tres de la mañana está, prácticamente, en meditación.
Un rato después, finalmente lo decides. Pensar a esa hora no es una buena opción. Mejor tomar café, prender un cigarrillo o mirar por el balcón... Pero ni siquiera fumas, no tienes cafetera, ni vista al exterior. No obstante, te levantas, pones un poco de música y recoges los regueros de la noche anterior. Sonríes porque sabes que esas cosas pasan. Son cosas que suceden a las tres de la mañana, cuando te has despertado antes que salga el sol.

