Y sucedió un día
que la Bella Durmiente despertó… pero no,
esta vez no fue por un beso, no
fue por amor. Fue simplemente una pesadilla, un aparente mal sueño que la hizo abrir los ojos a plena luz del día. Miró a su lado y el
reloj de arena hacía mucho que había terminado su continuo descenso. ¿Cuánto
había dormido? ¿Qué hora era? ¿En qué día estaba?... Todo se preguntaba y
nada podía contestar. Había estado mucho tiempo esperando por el amor. Muchos
días se habían confundido con noches mientras el príncipe azul no aparecía.
La princesa dio gracias por ser inmortal y no
envejecer. De lo contrario, hubiera muerto a la espera de ese hombre ideal. Esperar…
esperar… esperar es una palabra horrible
en el vocabulario de una princesa. Esperar por crecer, esperar porque la consideren princesa, esperar por el
príncipe, esperar por ser reina, esperar por los hijos, esperar por morir,
esperar, esperar…
Y mientras estuvo dormida la espera se hizo fácil;
pero ahora estaba despierta. Y pensaba. Y agradecía al sol por haberla
iluminado; pero a la vez sentía unos inmensos deseos de regresar a su estado
anterior, a esa dulce muerte en la que había estado sumida durante tanto
tiempo. Y es que pensar era un castigo. Esa vocecita interna que, de tanto
tenerla apagada, no la reconocía como suya, la estaba volviendo loca. Era como
un susurro, pero molestaba con su constante: ¿Qué haces aquí? ¿Cuánto tiempo ha
pasado? ¿Qué ha sido del mundo? Trataba de callarla; pero no podía porque eran
sus propias preguntas, sus propias preocupaciones.
Ya estaba anocheciendo y aún no había salido de su
cuarto. Ahora era consciente del tiempo y cada minuto pesaba en su cuerpo. Se
miró al espejo y se percató de que aún era hermosa, pero estaba envejeciendo. Desde
que, de un salto, abandonó su cama, cada
instante dejaba huella en su rostro. Pensaba. Ya no era de plástico y, por
tanto, la inmortalidad ya no la acompañaba. Ahora tenía los segundos contados.
Lentamente abrió la puerta y comenzó a deslizarse por la
empinada escalera de caracol. Era segura, fácil de transitar. Una suave
penumbra la envolvía, había telas de
araña, algunos ratones, pero nada más. No eran grandes peligros. Solo pequeños
obstáculos que hasta una princesa medieval podía superar. Finalmente, llegó el
último escalón. Allí estaba, frente a otra puerta. La puerta que la conduciría
a ese mundo desconocido, ancestral y nuevo a la vez. Su corazón palpitó de
miedo y emoción. Era de noche – recordó-
y en la noche los peligros pasan
desapercibidos más fácilmente. Tal vez debía volver al cuarto.
Con esta idea en su cabeza, ya se disponía a dar
vuelta atrás. Entonces, la vocecilla que alguna vez fue tímida comenzó a gritar desesperadamente: “¡¡¡Cobarde!!!
¡¡¡No des un paso atras!!! Llevas doscientos años esperando por un rescate que
no llega, doscientos años inmóvil…
doscientos años de muerte… porque la inmortalidad es eso… la muerte… ¡¡¡¿¿Acaso
no te parece suficiente??!!!”
La puerta se abrió y la luz de la Luna llena capturó
su mirada. Afuera era oscuro, pero ya el miedo se había ido. Esta noche no era
diferente a la impuesta por sus ojos mientras estuvieron cerrados. Esta noche
le decía que los tiempos no habían cambiado, que solo las personas creían eso,
pero que todo permanecía igual en todas las épocas. Esta noche le decía q aún
habían princesas en los brazos de Morfeo. Esta noche le decía q algunas habían
despertado; pero por miedo aún permanecían en sus torres, envejeciendo. Esta
noche le decía que muchas princesas morían diariamente cuando, al despertar,
encontraban a un sapo verde frente a sus ojos. Esta noche le decía que muchas
princesas, después de salir de sus torres montadas en nobles corceles, fueron
llevadas a reinos desconocidos y convertidas en sirvientas de aquellos que
les juraron amor eterno. Esta noche le
decía que los príncipes también tienen sus torres. Esta noche le decía que un
príncipe verdadero no rescata a una princesa, porque no tiene fuerza superior a
ella, sino que, simplemente, se encuentran una vez que los dos han logrado
vencer a sus propios dragones internos y han salido a caminar. Esta noche le
decía que una princesa y un príncipe verdadero no se jurarían nunca amor
eterno, porque ya han caminado solos y han aprendido que solo se es el príncipe
de una princesa por el espacio de tiempo que dura leer la historia. Esta noche
le decía que ella no era una princesa porque tuviera una corona, un vestido
largo y usara zapatos de charol. Esta noche le decía q ella era una princesa porque
se salvaba a sí misma, porque estaba dando los primeros pasos en gobernar su
propio destino, no importaba si aparecía un caballero, un sapo, o un ogro. Ella
era una princesa y decidiría…
Ya la Bella Despierta había caminado mucho. Su
castillo era un punto apenas perceptible en la lejanía. No sabía a dónde iba,
pero estaba feliz. Era libre. Poco a poco, estaba amaneciendo…

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