- ¿Qué es la noche, abuela?
- Es una doncella de dulce mirada, vestida de ébano, descalza y cansada. Es negra y es bella. Es sabia y callada...

Excilia Saldaña

martes, 1 de julio de 2014

Amaneciendo


Y  sucedió un día que la Bella Durmiente despertó… pero no,  esta  vez no fue por un beso, no fue por amor. Fue simplemente una pesadilla, un aparente mal sueño  que la hizo abrir los ojos  a plena luz del día. Miró a su lado y el reloj de arena hacía mucho que había terminado su continuo descenso. ¿Cuánto había dormido? ¿Qué hora  era?  ¿En qué día estaba?... Todo se preguntaba y nada podía contestar. Había estado mucho tiempo esperando por el amor. Muchos días se habían confundido con noches mientras el príncipe azul no aparecía.

La princesa dio gracias por ser inmortal y no envejecer. De lo contrario, hubiera muerto a la espera de ese hombre ideal. Esperar… esperar…  esperar es una palabra horrible en el vocabulario de una princesa. Esperar por crecer, esperar  porque la consideren princesa, esperar por el príncipe, esperar por ser reina, esperar por los hijos, esperar por morir, esperar, esperar…

Y mientras estuvo dormida la espera se hizo fácil; pero ahora estaba despierta. Y pensaba. Y agradecía al sol por haberla iluminado; pero a la vez sentía unos inmensos deseos de regresar a su estado anterior, a esa dulce muerte en la que había estado sumida durante tanto tiempo. Y es que pensar era un castigo. Esa vocecita interna que, de tanto tenerla apagada, no la reconocía como suya, la estaba volviendo loca. Era como un susurro, pero molestaba con su constante: ¿Qué haces aquí? ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Qué ha sido del mundo? Trataba de callarla; pero no podía porque eran sus propias preguntas, sus propias preocupaciones.

Ya estaba anocheciendo y aún no había salido de su cuarto. Ahora era consciente del tiempo y cada minuto pesaba en su cuerpo. Se miró al espejo y se percató de que aún era hermosa, pero estaba envejeciendo. Desde que, de un salto, abandonó  su cama, cada instante dejaba huella en su rostro. Pensaba. Ya no era de plástico y, por tanto, la inmortalidad ya no la acompañaba. Ahora tenía los segundos contados.

Lentamente abrió la puerta y comenzó a deslizarse por la empinada escalera de caracol. Era segura, fácil de transitar. Una suave penumbra la envolvía,  había telas de araña, algunos ratones, pero nada más. No eran grandes peligros. Solo pequeños obstáculos que hasta una princesa medieval podía superar. Finalmente, llegó el último escalón. Allí estaba, frente a otra puerta. La puerta que la conduciría a ese mundo desconocido, ancestral y nuevo a la vez. Su corazón palpitó de miedo y emoción. Era de noche – recordó-  y en la noche los peligros  pasan desapercibidos más fácilmente. Tal vez debía volver al cuarto.

Con esta idea en su cabeza, ya se disponía a dar vuelta atrás. Entonces, la vocecilla que alguna vez fue  tímida comenzó a gritar desesperadamente: “¡¡¡Cobarde!!! ¡¡¡No des un paso atras!!! Llevas doscientos años esperando por un rescate que no llega, doscientos años  inmóvil… doscientos años de muerte… porque la inmortalidad es eso… la muerte… ¡¡¡¿¿Acaso no te parece suficiente??!!!”

La puerta se abrió y la luz de la Luna llena capturó su mirada. Afuera era oscuro, pero ya el miedo se había ido. Esta noche no era diferente a la impuesta por sus ojos mientras estuvieron cerrados. Esta noche le decía que los tiempos no habían cambiado, que solo las personas creían eso, pero que todo permanecía igual en todas las épocas. Esta noche le decía q aún habían princesas en los brazos de Morfeo. Esta noche le decía q algunas habían despertado; pero por miedo aún permanecían en sus torres, envejeciendo. Esta noche le decía que muchas princesas morían diariamente cuando, al despertar, encontraban a un sapo verde frente a sus ojos. Esta noche le decía que muchas princesas, después de salir de sus torres montadas en nobles corceles, fueron llevadas a reinos desconocidos y convertidas en sirvientas de aquellos que les  juraron amor eterno. Esta noche le decía que los príncipes también tienen sus torres. Esta noche le decía que un príncipe verdadero no rescata a una princesa, porque no tiene fuerza superior a ella, sino que, simplemente, se encuentran una vez que los dos han logrado vencer a sus propios dragones internos y han salido a caminar. Esta noche le decía que una princesa y un príncipe verdadero no se jurarían nunca amor eterno, porque ya han caminado solos y han aprendido que solo se es el príncipe de una princesa por el espacio de tiempo que dura leer la historia. Esta noche le decía que ella no era una princesa porque tuviera una corona, un vestido largo y usara zapatos de charol. Esta noche le decía q ella era una princesa porque se salvaba a sí misma, porque estaba dando los primeros pasos en gobernar su propio destino, no importaba si aparecía un caballero, un sapo, o un ogro. Ella era una princesa y decidiría…

Ya la Bella Despierta había caminado mucho. Su castillo era un punto apenas perceptible en la lejanía. No sabía a dónde iba, pero estaba feliz. Era libre. Poco a poco, estaba amaneciendo…

No hay comentarios:

Publicar un comentario